A nadie le gusta que le pasen cosas malas (duh, por eso son “malas”, ¿no?) pero soy una firme creyente de que hasta en lo más oscuro puede brillar el sol y esta semana tuve mi oportunidad para demostrarlo.

El martes 25 de agosto iba a ser un día muy ocupado y sí lo fue, pero por razones distintas a las que había planeado. Me levanté temprano y estuve lista para mi primera cita del día con suficiente anticipación. Durante el desayuno Cuau y yo hablábamos de la próxima camita que construiríamos para que compartieran el Miau y Betún. Después llegó nuestra amiga Heidi y no sé por qué salí al tema con mi discurso feliz de que, sí un día tenía 50% de cosas buenas y 50% de cosas malas, yo siempre prefería concentrarme en las buenas (que bueno que al menos ya lo habías planeado, Eilita).

Tres horas después, mi compañera más fiel estaba muerta y mis planes para el día, cancelados o pospuestos. Fue un día horrible y toda la semana se me hizo eterna y pasó un poco entre nubes.

Y sí, tuvo algo bueno.

Los seres humanos somos compendios de miedos, los admitamos o no, los conozcamos o no, es difícil pensar que hay una persona a la que algo no la asuste. El problema es que esos miedos nos limitan y a veces el miedo es mayor o peor que la situación en sí.

Por ejemplo, una vez cuando tenía 16 o 17 años, hablaba con alguien de la muerte de mi papá, ocurrida justo una semana después de mi cumpleaños número 15. “Yo me MORIRÍA si eso me pasara”, me decía. “No puedo imaginarme lo que haría si mi papá se muriera”. Yo sólo asentí y sonreí, porque sabía muy bien la respuesta. Este tipo de cosas, por muy tristes y dolorosas, no te matan. Algunos años después, el papá de esta persona falleció y ¿adivinen qué? Fue duro, pero pudo seguir con su vida.

Cuando pasan cosas malas que nos dan miedo (un rompimiento, perder a alguien, ser despedido, una enfermedad, etcétera) y tenemos que enfrentarlas, lo maravilloso del asunto es que estamos lidiando con una situación que es real y en la que podemos tomar acción, podemos trabajar para resolverla o para salir de ella… un miedo, en cambio, casi siempre se queda como miedo.

A mí, tengo que admitir, una de las cosas que más me asustaba era el día de perder a Betún. Y no es que no nos hubiera dado varios sustos antes… desde que llegó a casa muy pequeñita tenía problemas en la piel y a lo largo de su vida presentó estenosis, triquiasis (las pestañas le crecían hacia adentro del ojo), más problemas de piel, etcétera. Eso por no mencionar cuando pasó por debajo de un coche (¡dos veces!) y las ocasiones en las que hizo todo lo que su pequeño cuerpecito le permitía para escaparse y darnos un susto de miedo.

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A Betún la voy a extrañar siempre pero agradezco muchas cosas que pasaron ese día: el haber podido sido yo lo último que sus ojitos vieron antes de apagarse, el tener una familia maravillosa que dejó de lado trabajo y pendientes para acompañarme y lo más importante: perdí un miedo. Una de las cosas que más me asustaba, ya la viví, ya me dolió y ya no me asusta más. Gracias, Betún.